Marx decía que la historia se repetía dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa. En Argentina, como todo, la historia encontró una tercera deriva más bizarra y extraña: se repite primero como tragedia, segundo como farsa y tercero como parodia.

La década tarada

Macri, el Martínez de Hoz sin milicia

En esta versión paródica hemos sido testigos de tres malos gobiernos consecutivos que conforman “la década tarada”, un contrapunto a la “década ganada” que el kirchnerismo se adjudicó entre 2002 y 2012. Esta “década tarada” se inicia con el fallido macrismo: políticamente, una socialdemocracia obamista y globalista; económicamente, una reversión amarilla de lo visto con Martínez de Hoz. Lo que Macri nunca entendió es que, para tener un Martínez de Hoz, tenés que ser un Videla. Sin pata militar, un plan económico regresivo es fácilmente tumbado por el resultado de las urnas.

Alberto, el Alfonsín sin épica

Como si la historia fuera caprichosa, Cristina Fernández consideró que su figura sola no alcanzaba para garantizar la victoria en las elecciones presidenciales de 2019. En la soledad, no tuvo mejor idea que entregarle las llaves de la Casa Rosada al exjefe de Gabinete y “amigo progre” de Clarín, Alberto Fernández.

El gobierno de Alberto Fernández fue un fracaso desde su nacimiento. En el peronismo se necesita un líder fuerte, un piloto capaz de sostener las dos alas de la doctrina. Lo fue Perón, lo fue Menem, luego Duhalde, después Néstor. Lo de Cristina fue extraño: pareció el caso de Isabelita, protegida por el nombre del líder político (Néstor), pero convertida en blanco perfecto al enviudar, frente a Massa, Randazzo, De la Sota o Schiaretti.

La condición de existencia de un dirigente sin apoyo (aunque no faltaron quienes intentaron inventar el “albertismo”) era justamente no formar espacio propio. La única razón de ser de Alberto era unir al massismo y al kirchnerismo sin jamás opacarlos. A ese proyecto mal parido se le sumaron dos crisis para las que el bigotudo no estuvo a la altura: la espada de Damocles de la deuda con el FMI y la pandemia del COVID-19, que lo encontró sin manual.

El desgobierno de Alberto merece un artículo aparte: el escándalo de Olivos, los gatos en la Rosada, la denuncia de Fabiola y la entrega de la suma del poder público a Massa no caben en un solo párrafo. Para mayor énfasis en esta teoría cíclica, el destino futbolístico le regaló a este Alfonsín criado a base de Lito Nebbia y progresismo finlandés un Mundial de Fútbol en 2022, como el que Maradona le había regalado al Alfonsín original.

Milei, un Menem pasado de risperidona

Para culminar la “década tarada” llegan dos años de Javier Milei, el outsider anarcocapitalista que dejó sus convicciones minarquistas en la puerta cuando eligió a Toto Caputo como ministro de Economía.

Sobre Milei ya se rompieron la cabeza cientos de analistas: algunos creen que ganó porque la sociedad se derechizó o porque “los pibes ahora son minarquistas”. Yo prefiero lo simple: Milei ganó por el desastre inflacionario del desgobierno de Alberto y porque Macri decidió fulminar a Larreta para imponer a una candidata que parecía sufrir un ACV en cada intervención televisiva.

Este gobierno pretende ser una parodia acelerada y neurodivergente del menemismo. El problema es el mismo patrón: Macri quiso ser Martínez de Hoz sin milicia, Alberto quiso ser Alfonsín sin épica, y Milei quiso ser Menem olvidando lo esencial: detrás del Turco estaba todo el Partido Justicialista encolumnado.

Además, el menemismo se caracterizó por la ausencia de confrontación con sus enemigos políticos, algo que nuestro querido presidente ignora por completo. Como la reforma del 94 acortó los mandatos, también redujo el tiempo de parodia: hoy vivimos el Menem recién electo y el Menem decadente con apenas meses de diferencia.

Schiaretti, ¿el nuevo De la Rúa?

Si la historia sigue siendo igual de caprichosa, podríamos estar encaminados a una nueva Alianza. Para los desmemoriados: fue la unión del progre Chacho Álvarez con el político más aburrido posible, Fernando De la Rúa, que incluso hizo campaña con su falta de personalidad.

¿Por qué ubico a Schiaretti en este lugar? El Gringo parece ser la cara de “Provincias Unidas”, el espacio conformado por gobernadores de distinto signo que se presentan como “ni K ni libertarios”. Su bandera es el “gobierno de unidad nacional”, pero jamás explican qué significa eso.

Un gobierno exitoso necesita dos cosas:

  1. Doctrina: un conjunto de ideas como pilar ideológico y horizonte.
  2. Plan de gobierno: una hoja de ruta clara hacia esa utopía.

“Provincias Unidas” mezcla radicales, peronistas, ex peronistas, libertarios moderados y más. ¿Qué doctrina puede tener eso? Aferrarse a la “buena gestión” es insuficiente: buena gestión puede ser abrir importaciones y fundir la industria nacional. Con ese criterio, tendríamos que aplaudir la propuesta “superadora” del macrismo: Pobreza Cero.

Entonces, ¿Schiaretti puede ser el nuevo De la Rúa?

Mi respuesta: no. Creo que “Provincias Unidas” no tiene chances reales mientras no controle la todopoderosa provincia de Buenos Aires. Su única puerta al poder sería a través de un juicio político a Javier Milei (teoría que circula en parte del “círculo rojo”, que ve en Schiaretti una garantía de estabilidad). Después del golpe electoral que se llevó LLA en la provincia de Buenos Aires, esa idea empieza a ganar fuerza.

En este túnel cuántico que es la Argentina, vivimos la aceleración de los ciclos políticos. “Provincias Unidas” y Schiaretti podrían apostar a esta aceleración para que Milei sea Menem y De la Rúa al mismo tiempo. Así, Schiaretti podría aspirar a convertirse en un nuevo Duhalde —lo máximo posible, por razones biológicas—, mientras que Kicillof sueña con ser el nuevo Néstor.

En fin, quizá me equivoque en todo, pero desde que tengo memoria repetimos ciclos anteriores —con matices propios— cada vez más rápido. Como siempre en Argentina: veremos qué pasa.

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